un poco sobre mí
Mi primer contacto con el abecedario, se remonta a cuando tenía tres años. Vivíamos en Huacho. Como hija única y demasiado traviesa, mis padres no tuvieron mejor idea que mandarme al colegio. Iba sólo por las mañanas y esta aventura duró un año y medio.
Llegar a primer grado a los tres años, no fue la mejor cosa que me pudo pasar en la vida; sin embargo, rescato una que sin duda fue la más importante, aprendí a leer. Sí, aprendí a deletrear y a los cuatro años y medio leía de corrido. La monja Herminia me sentaba junto a su enorme pupitre, en una silla-carpeta para que no me distrajera. No me quedaba otra que poner atención y descubrir el mundo de las letras, las vocales, las consonantes. Deletrear lo que estaba escrito ante mis ojos se convirtió en una manía y las palabras empezaron a tener significado, no siempre el adecuado. Lo que entendía dejaba mucho que desear y la fantasía le tendía jugarretas al discernimiento. Un fideo cabello de ángel era rubio y ondulado, fabricado con el pelo recortado de algún ángel volador. Una planta de cerveza era erguida y frondosa y sus flores serían las botellas. Una playa de estacionamiento era capaz de albergar un mar chiquitito, con una arena repleta de sombrillas sembradas entre sus granos diminutos…
Era un entretenimiento coleccionar palabras, recrearme con ellas, encontrarles rimas, sinónimos extraños. La fonética era la herramienta principal para agruparlas; una abeja tenía que ser como una oveja, un pan con jamón, podía ser un pan con jabón, una taza grande de leche era un lechón, un pecado era un pescado; en la iglesia recitaba en el ave maría: ruega por nosotros pescadores y en el himno nacional cantaba que faltemos a la moto solemne.
Sin duda el aprender a leer tan pronto ha sido el inicio de esta aventura de escribir, desde niña ¡me fascinaba escribir! Escribo como catarsis, como refugio, como una actividad que está íntimamente ligada a mi esencia.
Al igual que las letras, me atrae el color y la plasticidad de las formas. Dibujo, pinto, me encanta crear objetos de arte. De profesión soy diseñadora de interiores, actividad que me apasiona y que hasta ahora ejerzo.
La vida me ha hecho acoderar en los puertos de la literatura y de la ilustración y además en el de la literatura infantil. En el dos mil, se editó en Alfaguara, mi primer libro para niños “Alipio y el mar”.
¡Cuántos años han pasado desde entonces!
No imaginé jamás que esta aventura continuaría y se afianzaría en mi vida de esta forma, como otra necesidad, como otra pasión. Escribir para niños es una dulce tarea que lleva mucho tiempo, dedicación y esmero. Tardo en corregir, en revisar, en pulir. Es un trabajo que hago con mucho respeto porque terminará en manos de los niños. Los niños son sabios, poseedores de ojos capaces de ver el mundo de la manera más sincera y fantástica. Un niño, no acepta que lo engañen, ni que lo traten como un incapaz.
Me cuesta mucho aceptar que me digan que soy escritora o ilustradora. Disto mucho de serlo.
Sólo escribo desde lo más profundo del corazón y las entrañas, soy una convencida de que cuando se le pone alma a lo que se hace, todo fluye de manera casi espontánea, guiada por aquellos duendes misteriosos de la inspiración.
Si tuviera que responder el orden de intereses en mi vida, diría que lo que ocupa el lugar primero es mi familia y el amor que nos rodea. Mi marido, nuestros hijos, nuestros nietos, nuestra vida compartida, entre, para y por ellos.
Trabajo desde hace años en una institución sin fines de lucro, dedicada a llevar y difundir la lectura a los niños, en los lugares más recónditos y necesitados de nuestro país. Fomentar la creación de bibliotecas y realizar talleres para motivar la creatividad artística y literaria es una tarea que hago con entrega y me colma de felicidad.
Soy absurdamente tímida, disfruto muchísimo en familia y en grupos pequeños de amigos y amigas entrañables, amo la tertulia, la música, el teatro, el cine, los libros. Viajar por mi país, estar cerca de la naturaleza me motiva y nutre.
Soy una agradecida de la vida y procuro ver el lado bueno de las cosas. “Encuentra bello todo lo que puedas, la mayoría no encuentra nada suficientemente bello” decía Van Gogh, en medio de su sensibilidad incomprendida. Así trato de ver el entorno, a la estirpe humana, hermosa reina de la creación a la que pertenezco y que a veces se pierde en la más terrible oscuridad. Cultivo la esperanza y trato de poner algo de mi parte para que se extienda. Soy una convencida de que el amor, es la fuerza más poderosa que existe en el mundo, sólo cuando hay amor puede haber entendimiento y paz.
Me encantaría poder envejecer haciendo lo que hago hasta el último minuto que me quede de vida.
ingriddeandrea@yahoo.com.pe